domingo, 4 de mayo de 2014

En el diván

En todo proceso de aprendizaje siempre he pensado que las analogías afloran o para darnos moral o para atormentarnos dependiendo de qué lado de la cama nos hayamos levantado al momento de recurrir a ellas. Igualmente, son una buena forma de justificar una ida al siquiatra, tomar un par de polas o mirar un paisaje de forma pensativa. Todas estas opciones de una forma u otra han aparecido en estos días de conciertos (no míos, claro jaja), viajes, vídeos y montones de horas de práctica, las cuales a su vez me llevaron a esta entrada “autobiográfica”.


Este viene siendo el último vídeo que he grabado en esta mal llamada era de los vídeos. Por ahora seguiré concentrado en otros aspectos ya en la era de la técnica.

Juemadre, que si es fregado aprender a tocar!!! Es un proceso que a veces uno siente que es tan jodidamente ingrato; como si la tenacidad, la constancia, la paciencia fueran solo palabras bonitas que adornan un diccionario y hacen sentir más inteligentes a las personas que se pavonean al decirlas o sentirlas. Es un proceso de dos caras: la jodida y la re-jodida!. Hablemos de la jodida entonces…en estos días he tenido la buena fortuna de asistir a muchos conciertos y escuchar y ver lo increíblemente genial que es transmitir emociones desde la música (es que hasta la mala lo hace!). Todo se ve simple, al alcance de la mano: las progresiones en los acordes, la improvisación, el acompañamiento, la digitación, etc. etc., pero que lo siento a años luz, a cientos de kilómetros dentro de la tierra, literalmente a veinte mil leguas de viaje submarino como con Verne. Y eso es increíblemente frustrante, atortolante, arrollador, una suerte de impotencia que te sobrecoge y solo te suelta para volverte a aporrear. El ver músicos talentosos, virtuosos, decididos (o todas estas al tiempo) que pasen junto a mí y me vean haciendo escalas, repitiendo ejercicios de digitación, tratando de sacar a oído tres pinches notas seguidas de una melodía es una cosa jodidamente difícil de explicar; y es ahí donde vienen las benditas analogías jeje: es como ver un grupo de atletas que entrenan para un torneo de triatlón mientras el culigado cubierto de bloqueador solar (adivinen quien) juega con tres cubos para arena porque le tiene miedo a las olas. El niño juega, feliz de su ignorancia, mientras los adultos de vez en cuando lo miran de reojo con condescendencia y porque no, lástima. Es el andar desprevenido por el parque del anciano cacreto al que le dio por hacerlo cuando toda su vida se la pasó metido en una oficina de contadores, mientras a su lado pasa nuevamente el grupo de atletas (que cosas, los mismos del triatlón) con paso firme, seguros de que solo con trabajo duro han llegado al nivel que tienen. Después de todo, que gracia tiene hacer algo, si no se puede dar ya el máximo, dicen ellos. Ahí es entonces cuando llego a preguntarme (ja!, seguro que a algún desprevenido leyendo esto le ha pasado): ¿realmente vale la pena lo que estoy haciendo?, ¿voy a algún lado con el banjo? (cambiando el instrumento y/o actividad). Es inevitable pensar que empecé tarde con esta goma, que tal vez los años (y los dedos) no me alcancen para tocar todo lo que quisiera con el banjo. Es inevitable a veces sentir esto como un esfuerzo ridículo, ingenuo, tonto, vano al final de todo. Dominar un instrumento es algo que definitivamente te toma toda la vida y no hay garantía de lograrlo. Entonces surgen más preguntas ¿Por qué me dio por tocar algo que no toca nadie? ¿Si hubiera alguien, realmente daría la talla? ¿Será que con otro instrumento si podría hacerlo?. 

En fin son muchas preguntas. Mirar a veces la postura tan horrible de la mano izquierda es más doloroso que el malestar físico que pudiera aparecer por tensión. Tal vez es doloroso porque es algo que está ahí como una carga diciéndote “chambón, machaco, porque no es capaz de hacerlo como los otros”. El niño ingenuo, el viejo cacreto, el príncipe idiota, el invidente urgido de lazarillo, etc. etc., las sensaciones lo amodorran a uno y se entra a mirar todo en perspectiva. Es cierto, ya quedo atrás la primera “era” del banjo: la era de la ingenuidad; aquella donde no sabía que la quinta cuerda se afinaba una octava más arriba que la tercera, aquella donde los dedos se cansaban “misteriosamente” después de haber pulsado las cuerdas por 30 minutos como si se estuviera colgado de un precipicio, aquella donde la palabra intervalo generaba física vergüenza por la ignorancia, aquella donde poder leer y tocar de una partitura la melodía (medianamente bien) me mandaba a la cama con una sonrisa de oreja a oreja. Hace poco más de un año, sin saberlo llegue a lo que denomino la era de los vídeos; aquella donde tocaba o al menos trataba y me cansaba al poco tiempo, todo lo que se atravesara a mi paso o se me antojara…fue la era de los temas populares, los ejercicios, temas propios y geniales del banjo clásico e incluso, mis primeras y únicas composiciones. Fue la era donde los dedos querían ir cada vez más rápido, donde aparecieron las figuras rítmicas (tresillos, sincopas, tímidamente las figuras con semicorcheas), donde empecé a perder el miedo y sobre todo ese sentido bobo de la vergüenza y me anime a compartir mis locuras banjeras. Ahora que pienso en perspectiva su punto más alto estuvo en algún momento entre el concierto en Barcelona y los primeros vídeos en Firavitoba.


Cuando aún eran pocos los libros de la banjoteca.

En ese punto fue que sin haberla buscado (tal vez por ignorancia), llegue y estaré en la era de la técnica, donde TODO lo empecé a ver con una perspectiva distinta, tal vez ya tarde quien sabe, pero es la que me ha llevado a escribir estas no tan breves líneas. El profesor más despiadado que puede haber en este aprendizaje es uno mismo, ya que resaltar los dedos en posturas inadecuadas, comprobar que el oído aún dista de reconocer mucho, recalcar que necesitas practicar ya, ya y ya!! es función de ese maestro nazi llamado German. Es entonces el alumno German el que se abate cuando siente que no va para ningún lado, que todo el esfuerzo de estos años no pareciera dar frutos, que los problemas ya impuestos no se resolverán nunca, que este asunto de respeto y admiración con el banjo no se podrá alcanzar jamás…en fin, que nada es más fácil y práctico que echar todo a la mierda y dedicarse a lo poco que se aprendió en la vida…

¿Saben que es lo curioso?, que como contaba al principio, todo esto era la parte jodida del asunto. Lo re-jodido de la condición humana es que a veces por más que te aplastan, te humillan, te atacan, te menosprecian, nos mantenemos a flote y peleamos a veces con una terquedad que ya es instintiva, irracional. Lo re-jodido es que a pesar de que vea con admiración, porque no envidia y ambición a alguien haciendo un solo, improvisando, componiendo música; es que solo quiera practicar como una bestia no importa lo que salga. No me importa entonces que le pueda parecer ridículo a la gente la locura de aprender a tocar un banjo a mi edad (cierto), no me importa que a veces los dedos, la cabeza, el oído (que se yo) no me respondan de la forma que quisiera (cierto), no me importa que lleve ya tantos años esforzándome y aun aparentemente no haga mayor cosa (cierto?). Lo que si me importa es que haber tomado este camino de insuperables obstáculos es probablemente la decisión que mayores alegrías me ha traído la vida. Esa es la lección con la que siempre me levanta el maestro nazi después de zarandearme. Por esto, y otras razones que se me escapan en estos momentos, es que seguiré luchando por ser el banjista que quiero ser, hasta que unos dedos artríticos y chuecos me digan no más y…me dedique de lleno a componer para mi amado instrumento jeje. La vida es eso, sacrificio, alegrías, constancia, amar, coraje y porque no, un nuevo sinónimo: banjear.


Con este vídeo de Rob Mackillop se podría decir que empezó oficialmente mi recorrer banjero. Gracias este ejercicio corto fue que pensé “eso es lo que quiero hacer con el banjo”…de eso, ya más de 3 años.