Este año, aparte de la rutina (en el buen sentido de la palabra) asociada a mis prácticas con el banjo, quise asumir un nuevo compromiso, un ejercicio de memoria que será evaluado para final de este 2020, o haciendo algo de trampa, al menos hasta el final de este nuevo año lunar, el de la laboriosa rata.
Bueno, al grano, el ejercicio es simple. Estas son las actividades que aspiro a cumplir con el instrumento. Muchas incluirán un vídeo en mi canal de Youtube, no tienen un orden de preferencia en particular, y como con todo, puede que en su conjunto vayan más allá de mis capacidades, o aparezcan "lobos solitarios" que terminen siendo alcanzados en estos meses. Aquí van pues:
A Morley´s Special. Dos temas de Joe Morley: A moonlight serenade, Mazurka
A banjo recital. Varios temas en un formato similar al del vídeo de 2018. Probablemente irán: Odetta waltz, Banjo oddity, Old Virginia, Ensign Schottische, Lágrima de F. Tárrega (opcional)
Una nueva versión de A banjo duet. Temas por definir
Solace (A Mexican serenade) de Scott Joplin. Lograr al menos todas las secciones, vídeo opcional
Vídeo con los 17 ejercicios para principiantes de How to excel on the banjo. Al día de hoy hago constancia que voy en el número 14
Vídeo con los 20 ejercicios diarios del tutorial de Joe Morley. Al día de hoy hago constancia que voy en el décimo
A Link´s special. Distintos temas arreglados para banjo de The Legend of Zelda
Uno o dos temas de Erik Satie. Gymnopédies al igual que Je te veux, podrían ser opciones
Nuevo especial de Halloween. Vídeo con los temas Skeleton dance, Minor waltz y probablemente uno o dos temas del repertorio clásico que se asocien a esa fecha (e.g. El aprendiz de brujo, Dukas).
Lazy rhythm de Bert Bassett. Lograr al menos todas las secciones, vídeo opcional
Aprender temas de otros banjistas clásicos como Alfred Cammeyer o Clifford Essex
Aprender temas de guitarristas clásicos y lutistas que se puedan transponer al banjo
Aprender temas de compositores colombianos para interpretarlos (e.g. Blas Emilio Atehortúa, Gentil Montaña)
Trabajar en transcripciones de temas de música popular y de jazz
Componer seis pequeños estudios para banjo y compilarlos en un vídeo junto a un primer estudio que ya modifiqué en estos días a partir de uno previo, sino el más decente de lo que he compuesto
Trabajar en arreglos o piezas que me permitan integrar distintos banjos o instrumentos al mismo tiempo. Dicho de otra forma, hacer orquestación así sea de una forma muy artesanal jaja
Como se notará, la lista suena ambiciosa, como todo plan que se hace o propósito que se empieza en enero, pero sí considero que será muy interesante ver qué se puede lograr en este año loco y brasileño.
No suelo ser de los que escriben frases en redes cuando llega ese día, particular día por cierto, en el que conmemoramos el final de un año, al menos bajo la "tradición" de siglos que nos define como "occidente". De modo que estoy escribiendo estas líneas en una tarde soleada de Bucaramanga, escribiendo sobre el pasado, sobre lo que he vivido, para después leerme (siempre ha sido el fin último de este blog, el de ser una bitácora de ciegos), o que después alguien me lea; algo que por cierto, a aquellos que lo hayan hecho, o lo estén haciendo ahora (o sea, en el futuro), muchas gracias por su curiosidad y comprensión.
De modo (repetir es un viejo hábito, me gusta) que en días como este (o sea, ya el pasado) se escribe para hablar sobre lo que sucedió, y lo que quedó atrás. En mi caso podría resumir esta década (y pienso, carajo, estoy hablando de un intervalo de tiempo que abarcaría toda mi niñez en Samanes o el doble de mi estadía en la universidad) en hechos como empezar y terminar la maestría en Medellín, salir del país una cantidad de veces que creía imposible en mis veinticinco, ser tío de un sobrino cada vez más inquieto y espero que musical (necesito banjistas para mi ejército de espectros jaja). Me he despedido de gente hermosa que marcó mi vida como lo fueron mi abuelita, mi Tío Emiro, Ignacio mi supervisor de maestría, me he enamorado dos veces para después terminar dichos senderos en una misma fecha, y he aprendido que el amor también trasciende hacia los animales porque la partida de dos de las perritas de la casa también me ha dolido como un verraco. He leído libros maravillosos, escrito cuentos que no creía posible, terminé una novela que no logro publicar y un libro de cuentos que pronto sale (pero está bien, ya se vienen nuevos proyectos), saqué a flote la locura de tres blogs (Los otros son Finis Semita e Informe sobre ciegos), todos de temas distintos y con fortuna dispar. He acumulado muchos recuerdos, amistades maravillosas, y por fortuna pocas enfermedades, he vuelto a lugares que me enseñaron tanto en el pasado ya remoto, y he evolucionado; sí, para bien, en mis manías, temores y fortalezas más atípicas.
¿Pueden creer que es la primera foto decente que me tomo con el banjo desde que lo tengo?
Y sí, contra todos los pronósticos sigo siendo un banjista, algo que aquel German del 2010 hubiera creído utópico, ya que el camino que he recorrido ha sido de locos, atravesando el Atlántico dos veces con aquel instrumento hermoso a mis espaldas. German, créelo, has tocado en conciertos que si bien se cuentan con los dedos de una mano, fueron en escenarios insólitos, tienes a falta de un banjo de bluegrass hecho en China, un total de tres más (Sussie, Cletus, Butters), y de uno de estos andas irremediablemente enamorado. ¡German, desvergonzado de mierda!, llevas casi diez años escribiendo historias sobre banjos en este blog, compartiendo tus experimentos y tocando con todas las limitaciones del mundo en un canal de Youtube. Y lo has hecho con desinteresado cariño, sorteando temas comunes, tradicionales, y piezas que solo tu banjo de 1895 podría asociar y responder de forma agradecida.
De modo que sí, hay mucho que celebrar, tanto, que probablemente olvidé referir cosas que el German de la próxima década me recordará. Lo que por fortuna no olvidé, fue saldar esta pequeña deuda que tenía desde hace unos años. Después de varias pruebas, ya puedo decir que esto es lo que me puede ofrecer este sencillo valse del banjista británico Joe Morley...¡Cheers!
Viaje curioso fue el de este año por Brasil (¡Miércoles!, ahora que recuerdo fue el segundo...ya hablaré de balances de estos años en la próxima entrada). Siendo un ñoño de primera línea, lo normal es que el motivo hubiera sido por un congreso (el primero a Brasil lo fue) o algo relacionado con el banjo. Tampoco hubiera sido extraño que el viaje que inspiraba esta nueva crónica banjera correspondiera a una de las aventuras personales a las que estoy acostumbrado. No, este viaje a Brasil fue un regalo que hace mucho quería darle a mi papá, y siendo la Copa América allá, terminó siendo la excusa perfecta para que mi cuñado también se animara a ir, y entre los tres conocer lo que nos podría ofrecer el famoso nordeste y la ciudad de Salvador de Bahía.
Confluencia de saberes
De modo que hicimos maletas los tres, y el banjo, claro está, porque este nuevo viaje era la excusa perfecta para probar nuevas locaciones y vídeos para caspear por redes; la vergüenza dicho sea de paso, trasciende fronteras... Y estuvo bien, más que bien la experiencia, ya que disfrutamos todo lo que nos ofreció la ciudad: sus moquecas de camarón, la vista del faro de Itapúa, las postales cerca de la casa de Jorge Amado, mientras un montón de turistas se tomaban la reglamentaria foto a lo Michael Jackson, un par de goles en el estadio Fonte Nova...y claro está, los vídeos frente a la Iglesia de Nuestro Señor de Bonfim, que es de lo que quiero hablar en últimas.
Imágenes exclusivas del banjista haciendo ruido en El Dorado jaja
La idea original, y por original supondrán ya que no se consiguió, era grabar una nueva edición de lo que llamo Banjo Sessions en el canal de Youtube, con un par de vídeos en algún paraje típico de la ciudad. Como era de esperar, la imagen que tenía en mente era tocar en alguna de las plazas en Pelourinho, a la usanza banjera de un They don't care about us. Tras un par de días turisteando y moderadas jornadas de práctica en un recodo del hotel, se hizo evidente que era virtualmente imposible tocar algo allí, y más considerando que todo el Casco Antiguo estaba en modo carnaval; en parte por los turistas que veníamos a la Copa América, y más que todo por las inminentes fiestas de San Juan (comparto un vídeo pequeño abajo).
Un "bloco de carnaval", calentando motores
Tocó improvisar entonces. La segunda opción que tenía en mente era la Iglesia de Nuestro de Señor de Bonfim, de tal manera que emprendimos camino (un largo camino, las distancias siempre fueron un rollo en Salvador jaja) y tras visitar la iglesia y colocar las tradicionales cintillas (son promesas o agradecimientos que se hacen) en la reja de la entrada, empezamos a grabar. Para variar, pasó de todo jaja, desde el vendedor de frutas (el vídeo de abajo), hasta un viento medio huracanado que nos acompañó todo el tiempo. Naturalmente hubo cientos de descuidos y tras algunas luchas me decanté por tocar un par de temas sencillos del repertorio; la vieja confiable que llaman jaja. Los primeros intentos fueron con Reckless Rufus y pues, la verdad sea dicha, fracasé estruendosamente, de modo que cambiamos de mesones en el parque y probamos suerte con otra toma, y otro tema...
Probé suerte entonces con Electric Dance quesí, sí, lo sé, es el tema que toco cada vez que puedo jaja, pero ya en este punto la meta era poder grabar algo decente. Adiós la idea del vídeo en Youtube. Y tal vez el hecho de sustraerme de esa obligación personal hizo que todo fluyera, que el vendedor ruidoso siguiera su camino, que el viento cediera un poco (só um poquinho) su ímpetu, que no me importaran las conversaciones que medio entendía alrededor, y que los dedos disminuyeran sus índices de torpeza habituales. ¡Finalmente salió un tema completo!
¡Milagro en Bonfim!
Tras lograr la anhelada meta seguimos probando nuevos temas, pero fue imposible, y en este caso, una golondrina sí hizo verano. El unicornio musical o el hada banjera, como la quieran llamar, había hecho su aparición y se había escabullido en el viento... Entonces tomamos un par de fotos adicionales, de esas que buscaban enaltecer el banjo, y digo, eso me sigue pareciendo genial, porque creo que ni en sus sueños más locos, Samuel Swain Stewart se hubiera imaginado un banjo suyo en este recodo de Brasil. Entonces (de nuevo), pensé en como los elementos se buscan, porque en medio del ambiente festivo que nos rodeaba en la ciudad, de sus incontables tambores, de su indescriptible y maravilloso sabor afro y ancestral, mi banjo estaba casi como en casa, así sus elementos fueran tan americanos como un pie de manzana o el Tío Sam apuntándote al ojo. A lo lejos, muy lejos, creo haber escuchado el acompañamiento de un par de cavaco-banjos que vi en Pelourinho, pero de los que por desgracia (descuido, torpeza, más bien) olvidé registrar en fotos.
Buscando la carátula para mi próximo álbum de trash-metal cristiano, con toques de folk y champeta jaja
Después de pensado esto, solo restó viajar y comer como si no hubiera un mañana (la comida del nordeste solo inspira gustos paganos jaja). En resumen, fue la experiencia que imaginaba como regalo para mi papá, y un sin fin de recuerdos e ideas para el futuro próximo. También, y por qué no, si bien era muy especulativo en ese momento, fue el abre-bocas de lo que este 2020 nos depara a mí y al banjo. Porque sí, estoy a pocas de semanas de ser embebido por la experiencia de mi anhelado doctorado (habló el alter ego paleontólogo con el que convivo), y los dioses yorubas, porque ahora pienso que solo pudieron ser ellos, me conducirán nuevamente hacia la hermosa Brasil, um poquinho al sul.
Las historias que surjan, ya las estaré narrando...
"El que peca y reza, empata" ¡Ojalá fuera así el dicho con el volver a practicar! La realidad obviamente es distinta, no al punto de decir que es cruel, o tampoco decir que no ha pasado nada. Es cierto que el dejar de practicar no perdona, principalmente en los dedos, y al comienzo, sobre todo al comienzo, las rutinas más básicas, los elementos que se percibían como naturales, ya no lo son, e inevitablemente queda, o aparece, un sabor que podría definirse como amargo; la amargura de la derrota poniéndolo en un tono melodramático.
Pero ese no es el propósito de esta entrada, era de esperar que tras un par de meses de silencio, forzoso al principio (si bien las causas lo valieron), y producto de un auto-saboteo en los últimos días, las cosas no salieron con el banjo ahora que retomé. Pero de nuevo, no vienen al caso las quejas. Lo que me parece interesante de los regresos, de lo que yo suelo llamar la recuperación tras las recaídas no banjeras, es la forma como con el tiempo he encontrado una metodología propia de recuperación, que con un éxito que podría decir es palpable, me permite llegar (el tiempo sí varía, ya hablaré de eso) a un estado en el que nuevamente me siento cómodo (en el buen sentido de la palabra) con mis progresos y nuevos retos.
Le Déluge (Gustave Doré)
Voy a hablar entonces de cómo lidio con el recuperar el nivel banjero; una serie de "pasos" y aspectos, que si bien no deben ser novedosos, de pronto pueden ser de interés para aquel que se sienta atascado con el instrumento o al borde morir ahogado en un diluvio de frustraciones.
Aquí van:
Aplacar la ansiedad. Creo que es el aspecto que más trabajo me ha costado sortear, cada vez que retomo las prácticas. ¿Por qué digo eso? Básicamente porque soy una persona muy orgullosa, y suelo hacer mucha auto-crítica. Y eso está bien, pero dosificadamente, por lo que en mi caso la mejor forma de controlar esa ansiedad, o dicho de otra forma, la frustración de los primeros compases mal tocados, es entender (así duela el orgullo) que era algo de esperar, pero, que no es un hecho sin solución. Por ende, es cuestión de ser realista con el nivel que se tiene (o que sobrevive) al momento de empezar, pero entender, que dicho nivel volverá, siempre y cuando se tenga presente lo que defino como otro aspecto igual de importante en la rehabilitación: el ritmo.
Recuperar el ritmo de trabajo. Sobretodo para el aspecto de la técnica, la práctica hace al maestro. Lo sé, suena muy cliché, pero el agua moja, la vida se acaba, y probablemente nunca toque un reguetón en el banjo; esos también son hechos jajaja. Ahora, a lo que me refiero con recuperar el ritmo de trabajo no es solamente sentarse dos, tres, x cantidad de horas y tocar por tocar, como haciendo sentadillas o darle la vuelta a un estadio, sino más bien al hecho de reconciliarse con la idea de que se está invirtiendo ese tiempo de la vida (nuevamente) para la práctica. Por ende, en mi caso es volver a repasar, de a poco, sin presiones, pero si constantemente, los aspectos que se habían tenido, consolidarlos si están por ahí, recuperarlos si se embolataron. Con la medida del tiempo (y paciencia, de ahí recordar el control de la ansiedad), las prácticas volverán a ser tan dinámicas como uno consideraba antes y seguramente, aparecerán los nuevos retos.
Buscar siempre nuevos retos. Hablando de retos. Independiente del nivel en el que me encuentro, por lo menos ahora, siento la necesidad, necesidad positiva, de plantearme retos adicionales a los obvios y lógicos, que son el recuperar el nivel que se tenía en tiempos pasados (aquí sí aplica hasta cierta medida lo de todo tiempo pasado...). Me refiero al hecho de que para plantearse retos no es cuestión de habilidad, sino de imaginación, y pues, también sonando cliché, imaginar es divertido. De tal forma que dentro del espacio que empiezo a recuperar para la práctica, también trato de hacer (ojo, respetando la cuestión de la rutina y el control de la ansiedad), algún tipo de cosa con el banjo que se salga de la rutina y que para fortuna mía, me ha conducido a los experimentos más curiosos. En este blog no lo he referido (aún, ya lo haré), pero por ejemplo hace un tiempo me embarqué en la locura de grabar varios temas, tocando las dos partes del banjo y crear un vídeo de dos banjos al tiempo. Suena algo enredado, pero acá comparto enlace del vídeo. Esta idea surgió sobre el camino, mientras me recuperaba de una recaída previa (jaja lo sé, sueno heroinómano), y me permitió hacer mucho más interesante, más divertido, el proceso de aprendizaje.
Usar de forma inteligente el material de estudio. Cuando se empieza a practicar, inevitablemente uno piensa en todas las piezas y ejercicios que se tocaban antes. Por tal motivo, hay que aprender a dosificar lo que se puede y lo que se debe tocar. En mi caso, suelo darle una importancia adicional al repertorio, que si bien puede sentirse pequeño, es lo que más atesoro; no en vano, constituyen piezas que me llamaron la atención o que en su defecto correspondieron a pruebas superadas tiempo atrás. Por ende al volver, suelo evaluar daños, y tras eso empiezo a mecanizar nuevamente sus pasajes. Esto, claro está de forma inteligente, y ese es el punto, porque en últimas las piezas de repertorio también corresponden a ejercicios de digitación, de armonía y etcétera, para no decir alguna burrada musical jajaja. Es inteligente también no dejar de lado los ejercicios de los tutoriales que nos parezcan interesantes, ya que fueron diseñados para eso. Por ende, repasar un tutorial no es empezar desde la pagina uno hasta la última que veíamos antes de parar, ni tocar los temas aprendidos del más fácil al difícil, sino sortear los aspectos que conlleven esa dosis de reto, diversión y practicidad que buscamos al retomar el instrumento.
Solo para dejar claro este punto, estos son los evangelios banjeros que utilizo en la actualidad. He hablado de algunos en entradas previas, ya hablaré del resto en su momento...
Los evangelios banjeros, para que difundan su palabra en cinco cuerdas y afinación en Do Mayor
Esos son básicamente los aspectos que trato de tener en cuenta a la hora de recuperar el nivel perdido, y claro está, no representan ni una fórmula mágica, ni es lo único que tengo en cuenta. ¡Carajo!, es que son tantas cosas: trabajar con el metrónomo, la armonía, aspectos de teoría musical, la técnica per se, pero en últimas, a lo que quiero llegar, lo que quiero transmitir para todo aquel que pueda sentirse en un bache como en mi caso (esto, solo cuando recién retomo la práctica), que se enfrenta al dilema de verse a la base de una montaña, arrastrando una roca como Sísifo, es que este proceso de re-aprender NO debe ser algo ni tortuoso, ni exageradamente fácil, es solo un proceso, que por la sumatoria lógica de la constancia y el pasar del tiempo (ambos aspectos, llevados de forma inteligente y realista), se transforma en lo que creíamos imposible a la hora de empezar. Y ojo, no se trata de ser un virtuoso por arte de magia o por la deriva genética, o por unas callos con la aspereza de un costal de fique. Se trata de volver a ser un virtuoso por disfrutar lo que se transmite con el instrumento.
Por ende, podré pecar y rezar cada cierto con el banjo, pero eso no le quita un ápice a las emociones tan luminosas que siento cada vez que lo toco...Deo volente
Tengo una serie de entradas pendientes. Hace rato quiero continuar discutiendo acerca de los orígenes del banjo y su música, también continuar mis entradas sobre los distintos tutoriales de banjo que vengo utilizando como guías. Ahora, con la experiencia de haber estado un par de días en Brasil y naturalmente Sussie también, hay suficiente material para una entrada sobre eso. Otra de mis crónicas banjeras...
Sin embargo, en esta ocasión voy a resumir lo que fue una experiencia genial a principios de junio: el concierto de The Paul Brock Band (Paul Brock website) en Bucaramanga.
El concierto, auspiciado por el Banco de la República, tuvo una presentación inicial donde se dio contexto a los orígenes de la música tradicional irlandesa y su constante transformación por las migraciones a Estados Unidos y Europa
Del concierto supe a mediados de marzo, cuando el Banco de la República anunció una gira en junio y los conciertos en Pasto, Bucaramanga y Cúcuta. El concierto final, como un posible guiño a la formalización de las relaciones diplomáticas entre Colombia e Irlanda, sería el 16 de junio en Bogotá; el tradicional Bloomsday, una celebración que desde 1904 homenajea al inmortal James Joyce (saber eso no me exime de seguir huyendo de la lectura de Ulises, por cierto jajaja). Bueno, para finales de mayo conseguí la boleta del concierto en el auditorio Luis A. Calvo, y faltando unos minutos para iniciar el concierto, ya después de una charla introductoria sobre la música tradicional irlandesa, la emoción estaba a tope.
Pero en últimas, ¿qué es The Paul Brock Band? Creada en el año 2000 por el músico irlandés que le da su nombre, es una agrupación de música tradicional irlandesa con muchos reconocimientos, y que con el pasar de los años ha venido cambiando la configuración de sus integrantes, si bien todos multi-instrumentalistas y de gran nivel. En esta ocasión, el grupo que acompañó a Paul Brock en Bucaramanga estaba formado por los también irlandeses Denis Carey (piano), Eimear Atkins (voz y fiddle; que en sí es solo una forma específica de tocarel violín) y Shane Farrell (banjo, mandolina y bodhrán; un tambor de marco irlandés). Para todo aquel que está familiarizado así sea de forma parcial con la música tradicional irlandesa, ya sea por películas o pequeños cortos, sabrá que hay toda una gama de instrumentos adicionales: flauta irlandesa (Irish whistle), gaita irlandesa (Uilllean pipes), el arpa celta (Cláirseach), la armónica, entre muchos más. Para los que tuvieron oportunidad de asistir a uno de los cuatro conciertos en el país, créanme que con los instrumentos que tocaron, ¡hicieron más que suficiente!
The Paul Brock Band. ¡Haciendo lo que mejor saben hacer!
En TODOS los aspectos, el concierto fue impresionante. Paul, y en algunas ocasiones Eimear fueron los encargados de contar algunas particularidades sobre los temas interpretados (la traducción que le hicieron en el auditorio fue algo confusa, para ser honestos), los estilos, los instrumentos y demás miembros del grupo. Las interpretaciones, sobra decir, fueron impresionantes en el nivel de virtuosismo de cada uno de los miembros y quedó implícita la particularidad de la música tradicional irlandesa, con ejemplos en el canto lilt (canto símil al scat, que busca imitar los instrumentos melódicos) y el zapateado de Eimear. También estuvo la constante sensación de nostalgia (algo común en todas las poblaciones con grandes migraciones) en las interpretaciones de Paul en el melodeon (tipo de acordeón) y Denis en el tema gaélico irlandés Slán Leis an Uaigneas (Adiós a la soledad)...Y eso que no he hablado del banjo...
Shane haciendo de las suyas
¿Por dónde empezar? Yo creo que lo primero es aprovechar el contexto del banjo para hablar un poco sobre este. El banjo como muchos supondrán no es un instrumento irlandés, sino que su origen primario es antillano, este a su vez a partir de instrumentos traídos por africanos esclavizados (véase por ejemplo el akonting). Posteriormente viene su evolución en las plantaciones del sur de los Estados Unidos y su asimilación posterior por los asentamientos blancos. De allí, por insólito que parezca, se convierte en un producto de exportación americano y eventualmente llega a mediados del siglo 19 al Reino Unido, donde cada región y proceso cultural le da sus características propias. Esta, en resumidas cuentas es la razón oficial (al menos, la comúnmente aceptada) de como un instrumento folclórico africano, termina siendo americano, británico y finalmente irlandés. Pero como comenté arriba, dichos caminos tienen un precio y eso causa que el banjo que se toca en la música tradicional irlandesa tenga su sello propio: el denominado banjo tenor irlandés. ¿Qué lo define a grandes rasgos? Es un banjo de cuatro cuerdas, con 17-19 trastes, con resonador (no es un open-back como Sussie) y una afinación por quintas, una octava por debajo del fiddle (GDAE). Sus cuerdas tienden a ser metálicas y se toca con un plectro (sí, estoy más habituado a decirle uña, si bien no soy muy hábil usando una), por lo que en vez de hacer acompañamientos como se acostumbra en los grupos de dixieland, el banjo tenor interpreta melodías de bastante complejidad que complementan o no, las sesiones de temas que se tocan. Por cierto, los estilos (omitiendo el canto) que suelen tocarse en la música tradicional irlandesa corresponden en buena medida a reels, hornpipes y jigs. Cómo en toda música de influencia europea, las polkas, mazurkas y valses están también presentes. Por ende, es imposible no sentir el componente irlandés que tiene el repertorio bluegrass, si es lo que suelen ustedes asociar con el banjo únicamente.
Increíbles discos por cierto
En resumidas cuentas, los estilos musicales que ellos interpretaron no son ajenos al estilo clásico que toco. Todo viene del mismo lugar, así como la emoción que me abrumó en el concierto. Y es que omití decir que la emoción era doble porque aquel concierto fue mi primero con un banjo a bordo, en todo su esplendor, por lo que buena parte del mismo, si bien disfruté como todos la música, se me fue en observar detenidamente lo que hacía Shane, en detallar sus líneas melódicas, sus recursos técnicos; una especie de clase clandestina, al margen de aplausos y gritos entusiastas. Y como era de esperar, fue algo genial, intimidante a veces, pero en una gran medida inspirador. ¡Diablos!, como disfruté escucharlos a todos, ver todo ese talento y entusiasmo, y al mismo tiempo, fue positivo ver la respuesta del público (no faltó el indiferente, pero fueron mínimos), y una vez terminado el concierto, la sesión de compra de discos y autógrafos que fue una auténtica locura.
Todos andaban buscando una foto con Eimear (y no los culpo jaja) o comprando discos, mientras que yo, con una mezcla de emoción y montunez (el orden de las variables no afecta el producto), me debatía entre hablar con Shane y sentirme un groupie o simplemente comprar par discos y escribir esta entrada del blog. Pero, después de todo, había una pequeña historia previa. Lo había contactado en días previos por Facebook, y gracias a un alumno de mis clases de paleontología, el cual por azares (muy fortuitos) los tuvo que asistir en los ensayos de la mañana, Shane ya sabía del "profe banjero" en Bucaramanga. Por ende, si bien la conversación fue corta (y está bien, se veía que estaban muertos de cansancio y había un montón de gente esperando por ellos), valió la pena. Algo que aprecio en la gente es la humildad, y a Shane le sobra. Quedó el compromiso de pasar a saludarlo si algún día viajo a Orlando (Shane es músico allá), vinieron los discos autografiados y finalmente la foto, el recuerdo de una noche espectacular, en un día plagado que estuvo de buenas noticias y buena vibra.
Y por un breve instante, banjistas de Irlanda y Colombia unidos
Así concluyó esa noche. Una donde se hizo más que evidente como las distancias de los confines del Atlántico se hacen cortas, los siglos se hacen efímeros, los sufrimientos y la miseria humana, así sea un espejismo, desaparecen por un par de minutos; en una melodía, en un buen recuerdo. Para mí eso es la música, y no me queda más que agradecerle por esos breves instantes, donde los países no existen, solo las experiencias sensoriales. Y el tiempo se diluye, y un banjo termina de ser ensamblado en Philadelphia, un aspirante a música aprende su primera melodía (Loch Lomond) mientras está en un laboratorio de una universidad en Medellín, y por qué no, en un recodo de Irlanda, una pastora posa para un pintor irlandés, mientras un sonido de gaita se pierde en la mitad del Atlántico...
Hablemos de dinosaurios... ¡Sí! ¿Por qué no hacerlo? Después de todo soy el creador de este mundo, de palabras que giran entono al término B A N J O y al menos este año, por fin, (¡Sí, por fin!) voy a superar la barrera de las tres entradas anuales, un anti-récord del que para nada me siento orgulloso.
En absoluto este fue mi primer recuerdo con dinosaurios, pero que mejor forma de convidar a Stravinski a un blog sobre banjos jaja
No he hablado mucho de esto, pero resulta que mi álter ego corresponde al de un simple geólogo, que por avatares de su lugar de nacimiento no pudo estudiar lo que soñaba de niño. Y sí, es un sueño recurrente, para nada especial, el ser paleontólogo. Muchos niños lo tienen, acumular información es divertido, imaginar un mundo que ya no existe también lo es. Y en últimas fue un sueño, ya remoto, en el que participaba en expediciones gigantescas por el Desierto del Gobi, en la búsqueda de cráneos y falanges de dimensiones demenciales. Por ende, mi imaginación se alimentó de lo que ofrecía el cine y la televisión de la época, y de esa forma, me convertí en una víctima consciente, agradecida, de programas del naciente Discovery Channel "Mundo Paleolítico" o de la ya lejana Jurassic Park. Crecí, y algo resignado por la enorme distancia que me separaba de lugares como la Universidad de La Plata o la Universidad Complutense de Madrid, negocié mis gustos por la profesión que más se acercaba, y heme aquí, hablando de dinosaurios en un blog de banjos.
Sí, a fuerza de creérmelo, soy un paleontólogo, pese a no estudiar dinosaurios, ni haber puesto un pie en el Gobi, ni ser medianamente reconocido, ni saber explicar a veces (en realidad casi siempre) cómo es que me gano la vida en la actualidad. La verdad sea dicha, me resulta más fácil explicar algún dato rebuscado de Wikipedia, que el significado y propósito de trabajar con foraminíferos fósiles (¿ven?). Y lo curioso es que cuando lo consigo, me hago entender, de verdad, y eso se siente bien, tanto como cuando aprendo melodías nuevas en el banjo...
The country of the Iguanodon (John Martin, 1837)
Entonces soy un paleontólogo, y cuando toco el banjo, soy un dinosaurio. Sí. Sé que es así. Soy un dinosaurio que intenta explicar en un blog, a veces en otras redes, sobre qué hace con un instrumento foráneo, y con un repertorio principalmente compuesto hace un siglo o siglo y medio; en un artefacto extraño, un ornitorrinco de las cuerdas pulsadas, que igualmente es centenario (una cuña que no suelo desaprovechar). Soy un dinosaurio, y a diferencia de ese microcuento críptico de Augusto Monterroso, cada vez que despierto no me percato de mi existencia. No, lo que suelo hacer es repasar mis faltas, enumerar lo que aún no he podido dominar con el instrumento, desear, anhelar, codiciar. En últimas, porque además de ser un dinosaurio sigo siendo un niño, recuerdo mi primer banjo, su quinta cuerda desafinada, la primera vez que oí el estilo clásico, la locura que fue tocar en el congreso de Sitges, los grabados de hojas en el mástil del Stewart, mi primer walking line en el banjo-bajo, lo liviano del banjolele, y así; recuerdos que se acumulan por más tiempo del que a veces debiera... Y todo, casi todo, lo he hecho a fuerza de terquedad, de una disciplina que no creí posible cuando empecé, y los de la casa se preguntaban si podría hacer tocar siquiera una canción infantil... Y se siente bien, como cuando me hago entender con los foraminíferos...
Tal vez sea el único o el último de mi especie, y eso estará bien, o estará mal, ¿quién sabe?, pero de lo que estoy seguro, es que a veces; sí, así sea a veces, debería ser consciente de la resiliencia con la que he asumido este reto de amar a un banjo, de desentrañar sus más profundos secretos. De esa forma, cuando llegue el momento de la extinción, podré cerrar los ojos con tranquilidad, orgulloso de lo que hice con diez dedos torpes, cinco cuerdas de nailon y una curiosidad siempre infantil.
En últimas, todo tiene su momento y su significado. Así sea uno extinto
Creo que uno de los aspectos que más me confundía en la juventud era el de la identidad, de lo que me podía definir como individuo. Y me refiero al hecho de que si bien había vivido en Bucaramanga durante 17 años (hablo entonces de mis años previos a mi vida en Bogotá y los periplos posteriores), no tenía, o mejor dicho, no sentía, un arraigo grande hacia mi lugar natal; o mejor dicho (de nuevo), hacia ningún lado. La razón es la siguiente: mis papás no son de Bucaramanga, y por ende, detalles como la comida, el hablado, la propia idiosincrasia del manoteo al hablar, del supuesto mal genio (no, mentiras, sí lo somos jaja), no fueron elementos que estuvieron en mi infancia. Al contrario, la región Caribe de mi mamá y el altiplano Boyacense de mi papá, con sus historias y sus pasados contrastantes, eran los elementos que rondaban mi imaginario, así fuera con esporádicos viajes en vacaciones.
Entonces, cuando en mis años de la universidad, Bucaramanga se convirtió en mi lugar de vacaciones, ahí sí empecé de a poco a construir mi imaginario, y en este, aparecieron los hechos y curiosidades que fueron dando forma a mi "Santandereanidad" y "Bumanguesidad". Siendo un obsesivo de las fechas y las curiosidades históricas fui recopilando las historias de las migraciones europeas a Santander, de un ferrocarril ya extinto, de sus cañones desérticos, sus páramos, su pasado violento, y sus historias de ciudad, más allá de lo que para mí siempre será el sector donde crecí: Ciudadela Real de Minas. Podría hablar tanto de aquel lugar, pero ese no es el punto de este blog...
En la búsqueda de la identidad
Hablando entonces de la ciudad, en mi búsqueda de identidad fueron acumulándose lo que para mí debían ser los elementos más valiosos, porque esos no solamente son los que ayudan a darle ese tinte único a Bucaramanga, sino por el hecho de que son los que pueden generar un mayor tejido social; en este caso a partir del arte y la educación. Sitios como el actual Centro Cultural del Oriente, la casa Clausen, el Club del Comercio o la Casa Streithorst, se convirtieron entonces en lugares que empecé (afortunadamente) a valorar en su dimensión merecida una vez volví de Bogotá, y cierto sentido de orgullo por mi lugar de nacimiento empezó a generarse. Pero, acompañado de este sentimiento positivo, también venía uno de tristeza y vergüenza, porque con el pasar de los años, y el parroquial abandono estatal y local, aquellos lugares tan únicos, tan determinantes para la ciudad, fueron sumándose en el olvido, y a ser vistos con cierto asco o pereza, porque pareciera que a todos nos avergonzara el origen rural de la ciudad y sus habitantes.
Antiguo lago de los Alarcón en los años 20. En la actualidad, otro monumento al cemento...
Dos lugares para mí reflejan esa dualidad, ese amor y odio por el pasado en Bucaramanga: la plaza San Mateo y el Teatro Santander. Ambos están ubicados en el centro de la ciudad y eran puntos que usualmente miraba de reojo cuando acompañaba a mi mamá a sus compras de telas y encajes. Naturalmente su arquitectura contrastante, en cierta forma orgullosa, me llamó la atención y ya grande, lamentaba profundamente su constante deterioro. Por fortuna para al menos uno de los dos edificios, se anunció hace un par de años la restauración del teatro y como muchos, esperé pacientemente por el día en que volvieran a abrir sus puertas.
Teatro Santander en los años 40
Una breve historia del Teatro Santander. El teatro fue construido entre los años 1928 y 1932, bajo la dirección del arquitecto francés George Carpentier (padre de Alejo Carpentier, coincidencia que solo puedo considerar digna de lo real maravilloso) y su primera función fue el 20 de febrero de 1932, convirtiéndose en el eje de la actividad cultural en la ciudad. El año 1948 marca un primer hito en su historia tras una remodelación por parte del arquitecto Federico Blodeck Flicher y su adquisición por parte de Cine Colombia. Dicha compra llevo a que el teatro gradualmente fuera hiciendo una transición hacia un espacio de cinemas, dentro de una zona del centro de la ciudad que pasaba de tener una vocación por así decirlo bohemia, a una de frenetismo comercial con el Sanandresito y la terminal de buses del Parque Centenario.
El teatro Santander, En franco deterioro a comienzos de este siglo, pero ya con los deseos de una transformación
Dicha actividad comercial fue mutando, y no para bien, debido a que tanto el Sanandresito como la terminal de buses fueron trasladados a otras partes de la ciudad, y eso llevó a que este sector comenzara a sufrir un deterioro importante y las dinámicas de los tejidos sociales fueran adquiriendo un tinte que empezó a generar urticaria. No en vano, esta fue la época más dramática de los edificios históricos de Bucaramanga, siendo el ya desaparecido Teatro Garnica la principal víctima. Del Teatro Santander se pasó entonces de tardes de matiné que muchos añoran ahora con nostalgia, a un lugar de poca acogida que llevó a que Cine Colombia liquidara los cinemas en el año 2001. Para el 2005, tras la donación de la propiedad a la Universidad de los Andes y tras muchos tires y aflojes, más la presión encomiable de algunos gestores culturales y ciudadanos del común, el teatro logró blindarse en el año 2008 y al año siguiente, con la creación de la Fundación Teatro Santander, se inició el proceso de gestión de recursos, restauración y reconstrucción.
La historia del Teatro Santander, contada mejor que en mí entrada jaja
Finalmente, este 26 de abril del 2019 (87 años después de su primeras entradas) y tras mucha expectativa, el teatro tuvo su concierto inaugural y con la repetición de dichas funciones los dos días siguientes, muchos bumangueses tuvimos la oportunidad de visitar (por primera vez en mi caso) el teatro, de sentarnos en una de sus sillas y hacer parte de un momento que si bien puede sonar grandilocuente, fue histórico, un momento que Bucaramanga debe atesorar por lo que es y por lo que puede representar.
El Teatro Santander, esperando por sus espectadores
Conseguir la boleta para la última función de ese primer acto fue algo que me emocionó mucho, como si de alguna forma retribuyera su valor histórico y le agradeciera por ayudarme en esa búsqueda de la identidad. La función contó con una obra inédita (Batalla por la Independencia del compositor Jesús Pinzón Urrea), el Concierto N°2 en Fa Menor para piano y orquesta de Frédéric Chopin y la Sinfonía del Nuevo Mundo de Anton Dvořak, las cuales fueron interpretados por la Orquesta Sinfónica UNAB junto al pianista invitado Sergei Sichkov y la conducción de Eduardo Carrizosa, también invitado.
El telón de fondo fue elaborado por la artista Beatriz González, en una clara alusión al Cañón del Chicamocha
Producto de la restauración algunas partes se perdieron para siempre, pero tanto la fachada del teatro como algunos elementos se mantienen en pie. Aun quedan detalles por solucionar y optimizar, pero fue sobrecogedora la asistencia y el entusiasmo de la gente. Igualmente, la programación anunciada promete y hay que apoyarla. Hay que prestarle ojo a lo que vayan compartiendo tanto por redes como en su página de internet (Teatro Santander)
Todos somos teatro
Se siente entonces un respiro en el entorno cultural de Bucaramanga, hay esperanza. Pero ojo, hay que promover este tipo de lugares, asistir, apoyar económicamente, sentar una posición. Hay que integrar este tipo de iniciativas con una mejora de los sectores donde están ubicados, revitalizar el centro, es una deuda social enorme que tenemos y tienen las autoridades. Como dije, hay esperanza, pero no hay que bajar la guardia. El recinto cultural más antiguo de la ciudad, que es el Coliseo Peralta, también requiere una restauración, la plaza San Mateo sigue luchando por sobrevivir, la casa de Custodio García Rivera apenas está en pie. Hay que seguir construyendo identidad a través de la preservación y difusión de nuestro pasado.